La vida breve del Arte de Acción

Leía hace unos días la noticia de que Lady Gaga se desnudaba en una performance para ayudar a Marina Abramovic con el objetivo de conseguir 15 millones de euros para reconstruir el instituto de la artista serbia (http://elpais.com/elpais/2013/08/08/gente/1375977007_145401.html) y no pude evitar acordarme de las palabras de Donald Judd, quién publicó en 1965 un artículo (“Specific objects”) en el nº VIII de la revista Arts Yearbook que decía “… más de la mitad de las nuevas obras, las mejores de los últimos años, no son ni pintura ni escultura (…)”.

Y es que la tradicional compartimentación de las manifestaciones artísticas en dos grandes grupos, pintura y escultura (en función de su condición bi o tridimensional), lleva bastante tiempo mostrando su incapacidad para integrar buena parte de las aportaciones plásticas. Incapacidad que, desde mi punto de vista, queda bien reflejada en nuestra actual Ley de Propiedad Intelectual.

Evidentemente, no me refiero a una simple cuestión formal relacionada con “lo plano” o “lo volumétrico”. Se trata de algo más, de una concepción del arte como lenguaje y una preocupación plástica que se adentra en el problema de los nuevos soportes y en su implicación con lo real. Y cuando el arte coincide con lo real, inevitablemente surgen problemas; los espacios de representación se convierten en lugares que se recorren, en formas que se pueden tocar y en objetos con los que nos podemos relacionar de una forma diferente.

Las acciones, happenings y performances son acontecimientos efímeros cuya existencia como obra de arte tiene una duración limitada. Es precisamente por este carácter transitorio, por lo que no suelen dejar una huella perdurable en el tiempo.

En realidad, una acción es una especie de collage en el que se combina un ambiente como encuadre artístico y una representación teatral. Pero en ellas el color, el espacio, el calor, el olfato, el gusto y el movimiento se convierten en aspectos fundamentales de la obra haciendo que salte por los aires el concepto tradicional que buena parte del público tiene de “obra de arte”. Además, el artista suele asumir un papel diferente al de “autor – creador”, coordinando y catalizando toda esa actividad creativa.

Por otra parte, los contenidos se salen de lo tradicional y se exige del espectador una ampliación de la sensibilidad artística; y será precisamente esa experiencia personal del espectador, lo que en el fondo determinará la realidad última de la obra.

Terminada la acción lo que nos queda son testimonios de distinta naturaleza pero con un significado especial; objetos, fotografías, vídeos, artículos de prensa, recuerdos, emociones y experiencias del público.

Y aunque algunos de estos objetos pueden ser explotados comercialmente hay que tener en cuenta, en primer lugar, que es necesaria la autorización del autor de la obra o acción de la cual derivan y son testimonio.

También hay que tener presente que el momento temporal del acto realmente desaparece, por lo que la acción no puede ser comprada ni vendida y estos testimonios son los únicos objetos comercializables que quedan de ella.  Ahora bien: no por dejar de existir, la acción artística deja de ser objeto de protección por la Ley de Propiedad Intelectual.

Y, sin embargo, no debemos olvidar que una de las finalidades de las acciones,  happenings y performances era precisamente escapar a la comercialización y liberar a la obra de su papel como objeto económico.

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