La sombra del fantasma negro es invisble (2)

SombrasGrande-1

Sombras, Revista Fotográfica Española (1944 -1954)

El pasado  jueves tuve una nueva reunión virtual con Sombra, mi cliente escritor que escribe para otros. “Sombra”, como hemos quedado en nombrarle -por su trabajo es imprescindible conservar su anonimato, como es lógico- quería mantener los acuerdos verbales que se habían contraído cuando recibió el encargo de escribir una novela corta. El texto se iba a utilizar exclusivamente como relato literario, pero había aparecido una adaptación cinematográfica. Sombra, a pesar de trabajar como “negro”, cree que debería haber sido consultado.

Le expliqué que no existiendo contrato, todos los derechos que se pueda imaginar son del que firma la obra, único autor que en principio reconoce la ley. Y que no importa si el acuerdo verbal en virtud del cual la obra fue escrita expresaba claramente que se trataba de una obra para imprimir, representar, filmar o declamar: cualquier decisión sobre el futuro del texto queda en manos de su autor legal y de los pactos o contratos que éste establezca. Y que no hay ninguna forma de obligar al autor legal a consultar -ni siquiera notificar- al escritor en la sombra las modificaciones, transformaciones o mutilaciones que puedan devenir en la vida comercial de la obra.

No estoy de acuerdo, me dijo.

Ya, pero es así. La única forma de asegurarse de que sus pactos se cumplen es dejándolos por escrito, en un contrato privado.

¿Y si mi obra fuese un plagio?, preguntó.

¿Perdón…? Dije, para ganar algo de tiempo.

Digo, que qué sucedería si mi obra fuera un plagio y el autor de la obra que he plagiado lo demandase.

La demanda, por supuesto sería contra el autor legal. Él es el responsable ante la ley, claro.

Eso es relativo, dijo. Lo más probable es que, en ese caso, él o ella diga a los cuatro vientos que no es el único autor, que en realidad se sirvió de “colaboradores”, y que toda la responsabilidad es de los colaboradores.

Sí, pero el responsable legal es el firmante. Y es quien, en circunstancias normales, tendrá que enfrentarse a las consecuencias que la denuncia por plagio pueda tener.

Guardó un instante de silencio.

Voy a contarle una historia. Una vieja amiga a la que llamaremos, por ejemplo, Laura, ganó hace poco un premio literario dotado con una importante suma. Al poco tiempo de hacerse pública la noticia fue acusada de plagio. Un autor hasta ese momento desconocido le exigía la mitad del premio.

Ante el asombro de Laura, la demanda llegó a los tribunales. Al parecer, la estructura, la evolución de los personajes, los giros y los trucos coincidían. Y sin embargo, la trama era notablemente distinta. Se acusó a Laura de plagiar “el estilo” de una novela anterior. Y se puso sobre la mesa si plagiar un estilo es suficiente como para obligar a compartir el premio.

¿Intenta decirme que Laura utilizó “colaboradores” y que se la jugaron?

En absoluto. Y, además, eso no es lo importante en esta historia.

¿Entonces?

Laura empezó como periodista en la radio de un pueblo de la costa donostiarra. Era un trabajo discontinuo, ocasional, que apenas le permitía vivir. El director de la emisora tenía una historia, una buena historia, pero no tenía ninguna gracia escribiendo. Le ofreció a Laura un sobresueldo si escribía la historia para él (o, mejor dicho, por él).

Escribió en la sombra.

Exacto. El director de la emisora firmó y publicó la historia que había escrito Laura. Y, años después, cuando Laura sacó su primera novela y ganó con ella el premio, la acusó  por plagiar el libro que él había firmado, pero que, en realidad, ella había escrito.

¿Y ganó el juicio?

No hubo juicio. Ante la desfachatez del denunciante, Laura no tuvo reparos en reconocer que ella había escrito aquella novela en la sombra, por dinero, para que la firmase su jefe.

Todo aclarado, entonces.

Sí. El asunto dio bastante publicidad a la novela que Laura había escrito por encargo; se reeditó y se vendió bastante bien. Eso sí, manteniendo el nombre del que la había contratado y que, aunque ya todo el mundo sabía que no era el verdadero autor, fue quien cobró los nuevos beneficios. Incluso le invitaron a varios programas de televisión.

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