La sombra del fantasma negro es invisible (1)

SombrasGrande-1

Sombras, Revista Fotográfica Española (1944 -1954)

La semana pasada llegó a mi despacho virtual un nuevo cliente. Afirmaba haber escrito y publicado cinco libros que habían pasado sin pena ni gloria, lo cual no me extrañó, ya que su nombre no me sonaba ni de lejos y procuro estar más o menos al día de lo que pasa en el mundo de las letras. Por placer y por evidentes intereses profesionales. Sin embargo, me dijo, hace poco en un festival de cortometrajes he visto una adaptación cinematográfica -muy libre, pero evidente- de una de aquellas novelas.

¿Está seguro?, pregunté. Sí, claro, respondió con seguridad. Incluso se llama igual.

Ah. Supongo que no habrán adquirido los derechos y usted quiere reclamarlos.

Mire, me dijo. Yo no se que habrán adquirido o dejado de adquirir esos muchachos. No es mi problema.

¿No?

No. Yo soy escritor profesional. Escribo cosas que firman otros y me pagan por ello.

Un negro, ¿no es así?.

No me gusta que me llamen negro. Soy guineano y puede llevar a confusión. Tampoco me gusta que me llamen fantasma porque según el María Moliner, en su acepción tercera un fantasma es alguien aficionado a asombrar a la gente con lo que hace o dice de sí mismo. Y yo, por las características propias de mi profesión, precisamente no puedo presumir de lo que hago. Prefiero que me llamen “sombra”.

Esta bien. Sombra. ¿Y cual es el problema?

No me consultaron para hacer la adaptación.

Perdone pero, ¿no es eso habitual? Legalmente, la autorización debe darla el autor oficial de la obra. Y no sabemos si los productores de ese corto han pedido permiso al autor.

El autor soy yo.

Perdón, al autor oficial. El legal.

Ya. Pero yo no tengo problemas con esos chicos. Yo había pactado con mi cliente escribir una novela corta, de cinco mil palabras. No el argumento de una película. Y han hecho la película sin consultarme.

Pero, legalmente no tienen obligación de consultarle…

Le vuelvo a decir que nuestro pacto era escribir una novela, no un argumento cinematográfico. No estoy hablando de obligaciones legales, sino éticas. Creo que tienen obligación de al menos informarme de que van a hacer con mi trabajo un uso diferente del pactado.

Bueno, es sencillo; en el contrato debe constar… Me interrumpió: nada. No hay contrato. Oiga ¿ha trabajado usted con muchas Sombras? Un contrato es prueba de autoría y, por lo tanto, radicalmente opuesto a los intereses de mis clientes. Todo es verbal, lo único escrito son las 5.136 palabras de la novela.

Como en la serie “Web Therapy”, el tiempo de la “skype-conference” se agotaba. Quedamos en que estudiaría el caso para nuestro siguiente encuentro (virtual).

Muchas veces he tenido como clientes a escritores que escriben para otros. Normalmente sus demandas están relacionadas con el dinero. En ocasiones, si la novela tiene éxito, con el reconocimiento de la verdadera autoría; es decir, con el prestigio.

Pero es la primera vez que me encuentro con un asunto relativo a los derechos de transformación, sin reclamación de contraprestación económica ni de derecho de paternidad. Sólo poder decidir el uso que se hace de su obra. Voy a reflexionar sobre ello; muy pronto tengo que volver a hablar con Sombra y me gustaría tener una respuesta para él. Si alguno de vosotros tiene una opinión sobre este asunto, es un buen momento para hacer un comentario. Quien sabe, a lo mejor sentamos jurisprudencia…

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