¿Qué es el Derecho al Nombre?

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La escritora J K Rowling. / Lefteris Pitarakis

El Derecho al Nombre o Derecho de Paternidad está íntimamente relacionado con el derecho de divulgación. Una vez que damos a conocer la obra al púbico y ésta sale de la esfera íntima del autor, proclamar la paternidad de la obra, es una consecuencia lógica de todo acto de creación intelectual.

El Derecho al Nombre puede ejercerse de dos formas: positiva o negativa.

– La positiva consiste en exigir el reconocimiento de la condición de autor de la obra (art. 14.3). Por ejemplo, la omisión del nombre del autor sobre su obra o su difusión con el nombre de otra persona supone una infracción del derecho moral de paternidad.

– La negativa consiste en el derecho a no revelar la identidad del autor ocultándola bajo un seudónimo o un anónimo.

La obra anónima puede definirse como aquella que carece del nombre del autor, a diferencia de la obra seudónima que es aquella en la que el autor aparece con un nombre distinto del suyo.

Es importante distinguir entre el seudónimo que no pretende ocultar la personalidad del autor y el seudónimo que si quiere impedir que se identifique al autor. Lo normal es que un seudónimo se emplee con el objeto de ocultar la verdadera personalidad del autor. En los casos en los que a pesar -o a causa- del seudónimo, la identidad del autor fuera conocida no se aplicarán las reglas específicas de este régimen, sino el régimen del derecho común.

El hecho de ocultar la identidad bajo anónimo o seudónimo, no significa que el autor renuncie a sus derechos patrimoniales y morales. En el ejercicio de sus prerrogativas será representado por quién haya divulgado su obra, lo que quiere decir que: “cuando la obra se divulgue en forma anónima o bajo seudónimo o signo, el ejercicio de los derechos de PI corresponderán a la persona natural o jurídica que la saque a la luz con el consentimiento del autor, mientras éste no revele su identidad” (art. 6.2).

Cuando el autor opta por el anónimo o seudónimo, tiene pleno derecho a prohibir que se declare su verdadera identidad mediante la mención de su verdadero nombre o dato similar. El autor podrá prohibir que su identidad sea revelada con la mención de su nombre o con la mención de un seudónimo distinto al elegido.

Hoy, en el mundo de la literatura, el seudónimo-máscara (aquel que quiere impedir la identificación del autor) ha vuelto a ponerse de moda.

La última en esconderse tras la máscara del seudónimo ha sido J.K Rowling, la escritora de Harry Potter. Quién reconoció ser la pluma que se encontraba detrás de la novela “The Cuckoo’s calling”, firmada bajo el nombre de Robert Galbraith.

La autora confesó haber utilizado esta falsa identidad para huir de la presión que había sentido al publicar sus novelas anteriores. Y su experimento fue bastante satisfactorio, ya que las impresiones hacia la obra fueron muy positivas. A J.K Rowling le hubiera gustado disfrutar un poco más de la experiencia que ella misma calificó como liberadora; sin embargo, The Sunday Times desveló el secreto sobre la doble identidad de la autora: (https://ruthcastellote.wordpress.com/2013/08/01/j-k-rowling-indemnizada-por-el-bufete-de-abogados-que-revelo-su-seudonimo/)

El caso de J.K Rowling, me recuerda el de otras mujeres que a lo largo de la historia de la literatura se escondieron bajo otro nombre para publicar sus obras:

Si alguien cita a Currer, Ellis y Acton Bell nadie sabrá a quiénes nos referimos. Sin embargo, si hablamos de Charlotte, Emily y Anne Bronte inmediatamente nos vienen a la cabeza obras como “Cumbres Borrascosas” o “Jane Eyre”.

En el caso de las hermanas Bronte, el seudónimo fue utilizado como recurso para escapar de los prejuicios existentes en las editoriales y la sociedad de la época en relación a las mujeres; que tenían muy complicado que alguien publicara sus obras. En la literatura española, también han existido mujeres que tuvieron que recurrir a nombres falsos para conseguir que las publicaran.

En cambio, otras escritoras decidieron utilizar la falsa identidad para demostrar cómo funcionaba el mundo de las editoriales respecto a los autores nóveles. Y probar que en ocasiones el rechazo a una obra poco o nada tenía que ver con la calidad del libro y el talento del autor, sino más bien respondía a que: “si no tienes un nombre conocido, nadie te hace caso”.

Agatha Christie, también  tenía su lado tierno. Y no quiso que esta faceta suya pudiera empañar su nombre como autora de novelas de misterio, por lo que decidió crear la identidad falsa de Mary Westmacott para poder publicar algunos Títulos más cercanos a la novela rosa que a lo que nos tenía habitualmente acostumbrados.

Otras autoras esconden motivos menos inocentes, como Anne Rice, que adoptó el nombre de A. N. Roquelaure para que su trilogía erótica que versionaba el mito de la bella durmiente viera la luz: “Tras cien años de sueño profundo, la Bella Durmiente abrió los ojos al recibir el beso del príncipe. Se despertó completamente desnuda y sometida en cuerpo y alma a la voluntad de su libertador, el príncipe, quien la reclamó de inmediato como esclava y la trasladó a su reino…”.

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