Derecho de Autor vs Derecho de Habitante

Esta historia está basada en otra, real y mucho más interesante, que me contó el viernes por la noche alguien a quien conocí en una fiesta de cumpleaños. Desde que la escuché, la historia se metió en mi cabeza  y no para de exigir salir a la luz. Quienes me conocéis y, sobretodo, quienes conocéis el debate “Fascinante desde el punto de vista de la propiedad Intelectual” en el Grupo “Derecho de la Propiedad Intelectual/Intellectual Property Law” de Linkedin, en el que algunos abogados amantes del StreetArt debatimos sobre los límites de los derechos legales de la obras que nacen siendo ilegales, entenderéis porque esta historia bulle en mi cabeza. No es una historia de StreetArt. Pero sí es una historia sobre los límites del Derecho de Autor.

Si la persona que me contó la historia me autoriza, prometo volver a contarla en un futuro post, con nombres y detalles.

Estábamos sentados en el porche trasero de la casa de nuestro amigo común, una de las personas más brillantes que conocemos y, a la vez, una de las más sencillas, lo que tratándose de un publicista es realmente excepcional. Y no era menos excepcional que ese día celebrásemos que cumpliera alguno más de sesenta años y siga siendo uno de los mejores y más respetados creativos de este país. Para colmo, había preparado un sushi delicioso; de modo que, como no podía ser de otra manera, estábamos hablando de él. Las dos personas que me acompañaban pertenecen también al mundo de la creación y la comunicación, de modo que muy pronto la glosa de las virtudes creativas de nuestro común amigo dio lugar  a las habituales bromas sobre los Derechos de Autor que siempre brotan, más pronto o más tarde, cuando estoy rodeada de creadores. Me defendí como pude y desvié los dardos hacia la subasta de “Love is in the Air”, un Banksy arrancado de su pared y subastado en Londres con autentificación del autor incluida.

Repetí algunas de las cosas que he aprendido de mis compañeros en el Debate “Fascinante desde el Punto de Vista de la Propiedad Intelectual”. Y nos quedamos callados pensando en el arte creado sobre muros ajenos, de manera ilegal; y en la forma en que, cuando la sociedad o los vecinos reconocen la “pintada” como parte de su expresión y de su entorno –como arte-, adquiere nuevos derechos que chocan con los derechos que en un primer momento la creación callejera ha vulnerado.

Al fondo, la sierra de Madrid se recortaba en la claridad de la noche con sus miles de rocas graníticas invisibles en la sombra de la luna. Parece poesía, pero tiene que ver.

Una de las dos personas que me acompañaban y que acabábamos de conocer en esta fiesta comenzó a contar una historia que está viviendo en primera persona.

– Tengo una pequeña casa rodeada por cierta cantidad de territorio. La casa, aunque pequeña, cumple su función de refugio. Pero lo que más nos fascina a toda la familia es el exterior. Ese territorio ondulado en el que sobresalen grandes, enormes piedras graníticas que nos conectan con la edad de la tierra. Al menos eso es lo que mis hijos y yo sentimos. Desde que nacieron se han movido entre esos inmensos animales minerales, del color de los rinocerontes y de los dinosaurios. La casa es el lugar donde nos refugiamos, pero donde venimos cada vez que tenemos un momento de descanso, es a las rocas.

Es un territorio fascinante, mágico.

Está enclavado en una propiedad muchísimo más grande que pertenece a la clase de gente que tienen grandes territorios de monte y de bosque. Gente culta, hace poco decidieron donar un notable número de hectáreas a cierto artista de prestigio internacional para sede de su nueva fundación. Este territorio es colindante al nuestro, de modo que ahora somos vecinos del artista de prestigio internacional. Una suerte. Depende de cómo se mire.

Mi nuevo vecino es especialmente conocido en todo el mundo por sus actuaciones directamente en y sobre la naturaleza. Y, claro, cuando conoció tan fascinante territorio, no se pudo reprimir. Su creatividad se derramó sobre el granito para inundar las rocas con formas y colores.

Nuestro terreno es mucho más modesto. Quizá por ello junto a las rocas mastodónticas hay también algunas más pequeñas. Como quiera que sea, un domingo que nos encontrábamos toda la familia entre las rocas, apareció el artista de prestigio internacional para pedirnos que le permitiésemos actuar sobre dos de nuestra rocas, de las más pequeñas, que luego serían arrancadas y transportadas a sendos Museos de Madrid y París para exposiciones temporales.

Nada más lejos de nuestra voluntad familiar que ponerle barreras al arte de reconocido prestigio internacional. Pero nuestras piedras son nuestras piedras. Estábamos dispuestos a compartir dos de nuestras rocas e inmolarlas en pro de la historia del arte. Pero solo dos y con algunas condiciones:

a) Solo podría actuar en las dos piedras que habíamos elegido de forma conjunta mi familia y el artista de reconocido prestigio internacional.

b) La actuación en su totalidad se realizaría con materiales biodegradables, que con el tiempo desaparecerían devolviendo a las rocas  su aspecto natural.

c) Las rocas serian extraídas con  el mayor cuidado, removiendo la menor cantidad de tierra posible. Y devueltas a su lugar cuando las exposiciones temporales terminen.

Así, recuperaríamos las rocas aunque con formas y colores, que irían perdiendo con el tiempo.

Regresamos a la casa un par de semanas más tarde. En una noche oscura y sin luna de viernes en la que hacía un frío de mil demonios. Nos metimos directamente en la casa, cenamos caliente y nos fuimos a la cama. Me despertó mi hijo pequeño, de diez años.

– Papá, papá, mira: ¡Nos han tuneado las piedras!

Mi vecino, el artista de reconocido prestigio internacional, debió tener una auténtica hemorragia de inspiración que le había llevado a derramar su arte por muchas más de las dos pequeñas rocas acordadas. Había coloreado decenas de piedras de todos los tamaños. Incluso una tan grande que mi hijo mayor la había elegido para construirse su casa sobre ella. Y todo, todo, lo había hecho utilizando pintura plástica. Creo que su periodo de degradación es de entre quinientos y mil años. El agujero que habían dejado al arrancar las dos pequeñas rocas que habíamos pactado lo habríamos podido aprovechar para construir una piscina olímpica.

Hablé con mi nuevo vecino, el artista de reconocido prestigio internacional pero muy poca memoria contractual. Le asombró oír a alguien quejarse por recibir un regalo como el que yo había recibido. Se había sentido tan emocionado al trabajar con  aquellas dos rocas que le habíamos obsequiado, que quiso agradecérnoslo con un presente. Transcendencia para las rocas y una asombrosa revalorización de nuestro territorio y, por supuesto de cada uno de aquellos pedruscos.

a) Las rocas te las hemos prestado; y deben volver al final de las exposiciones temporales.

– Imposible. Han gustado tanto que las he regalado a las colecciones permanentes de los dos museos.

b) Las rocas son trascendentes por ellas mismas. Llevan trascendiendo desde que la tierra dejó de ser un pantano de magma y no necesitan que nadie las coloree para cumplir su misión sagrada de ser piedras.

– Eran piedras sin valor y ahora valen una fortuna. Eran pedruscos como hay miles; ahora son parte de mi obra. Y yo soy único.

c) Pero habíamos quedado en que utilizarías pinturas biodegradables…

– Las pinturas biodegradables tienden a perder el brillo rápidamente. Además, la pintura plástica es resistente el agua. Y aquí llueve mucho, no se si lo has notado.

d) Pero…¡Son nuestras rocas!

– Ahora son mi obra y vosotros la podéis contemplar gratis. Incluso las podéis vender. Tenéis mi permiso.

¿Se puede vender una  roca del tamaño de un Hammer limusine? ¿se puede arrancar de la tierra con una grúa o es necesario dinamitarla? Y, si consigues arrancarla ¿se puede transportar en un vehículo existente o hay que construir uno exprofeso?

Lo peor es que nosotros no queremos vender las piedras. Ni mirar las formas y colores que el artista de reconocido prestigio internacional pero ninguna sensibilidad humana nos ha puesto delante de las narices.

Pasaba la pareja de la Guardia Civil caminera. Les dije que quería denunciar el abuso y que me borrasen los colorines. Pero la Guardia Civil ya estaba aleccionada.

– Si hubiese pintado la fachada de la casa… todavía. Podría alegar graffiti y borrarlo. Pero, al fin y al cabo, ha trabajado sobre las piedras… y, reconozcámoslo, gusto o no guste, el señor es una autoridad. A mí si me gusta. – Dijo el cabo.

– A mi me gusta más lo que ha pintado en los chopos, pero esto no está mal. – Dijo el guardia. – Pero le aconsejo que tenga cuidado con lo que toca, que se le puede echar encima la SGAE.

– VEGAP – Dijo el cabo.- La entidad de gestión interesada es VEGAP. SGAE es para la música de las tiendas, de las peluquerías y en las bodas.

Esta es la situación. Hemos llegado a odiar las rocas pintadas y a mis hijos ya no les hace tanta ilusión ir a la casa. Todo lo que sentíamos de las piedras, al mirarlas, al subirnos a ellas o al tocarlas, ya no lo podemos sentir. Cuando las miramos solo vemos los colorines plásticos. Y no nos atrevemos a subirnos a ellas ni a tocarlas, como no nos atrevemos a subirnos a la gorda de Botero que hay en la plaza de Colón. Se ha perdido la comunicación que teníamos con ellas, ya no cuentan historias de cuando la tierra era más joven. Ahora solo cuentan la historia de un artista de reconocido prestigio internacional que cree que es Dios, que puede dominar y alterar la naturaleza a su antojo y de forma permanente con el único fin de alagar su vanidad y complacer a una elite del arte que se han despojado del lastre de la verdadera cultura.

¿Hasta dónde pueden llegar los Derechos de este Autor? ¿Realmente pueden arrasar nuestros derechos como habitantes de un territorio?

 

 

 

 

 

 

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3 respuestas a Derecho de Autor vs Derecho de Habitante

  1. De acuerdo con Miguel Ángel Mateos. Fundamental también, desde mi punto de vista, el art. 626 del Código Penal: “Los que deslucieren bienes muebles o inmuebles de dominio público o privado, sin la debida autorización de la Administración o de sus propietarios, serán castigados (…)”

  2. No. Y, al margen del orden penal, creo el propietario del soporte – titular de la propiedad privada-, entendiendo que los hechos contravienen sus convicciones intelectuales o morales, podría fundamentan la resolución del acuerdo en el puro incumplimiento, por parte del autor, de ciertas obligaciones -auténticas “conditio sine qua non”- (uso de 2 piedras concretas, limite sobre el uso de materiales, la cesión de la obra resultante, y la duración -limitada- de esta). Todo ello ex artículo 1.124 del C.C. y, en relación con este, entiendo que también serían de aplicación los artículos 1.098, 1.099, y 1.101. del mismo cuerpo legal.

  3. ¿Posibles delitos de daños y coacciones por parte del artista de reconocido prestigio?

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