Biotecnología y Propiedad Intelectual

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Después de varios días sin escribir… hoy toca hablar de biotecnología.

La biotecnología es, ante todo, tecnología. Pero no es una tecnología nueva, la biotecnología tradicional data de hace más de 5.000 años. Los egipcios y babilonios ya sabían cómo usar la fermentación de levaduras para hacer pan.

El concepto de biotecnología que conocemos hoy día, la biotecnología moderna, nace en los años 70 de la mano de la ingeniería genética, que permitió los primeros avances científicos sobre la modificación de la información genética de organismos vivos.

Podríamos definir la Biotecnología como el conjunto de tecnologías cuyo objeto es la utilización de la materia viva, con el fin de conseguir de ella, una utilidad práctica en el entorno económico y social, para satisfacer las necesidades de la sociedad.

Hay algunas cuestiones relacionadas con las patentes y las invenciones biotecnológicas que han dado y siguen dando mucho de qué hablar.

Una de ellas es la cuestión de la materia patentable. No es fácil delimitar la patentabilidad de las invenciones en el campo de la biotecnología, precisamente por las características propias que tienen la biología y los organismos vivos. Las invenciones biotecnológicas serán patentables siempre que cumplan con los requisitos de patentabilidad exigidos para cualquier invención técnica: novedad, actividad inventiva y aplicación industrial. Pero la patente, aplicada al campo de la biología, tendrá un tratamiento singular, tanto desde el punto de vista de su alcance (extensión de la protección) como de sus límites (requisitos éticos).

Son patentables aquellas investigaciones que tengan por objeto un producto que esté compuesto o contenga materia biológica, o un procedimiento mediante el cual se produzca, transforme o utilice materia biológica. Así mismo, la “materia biológica aislada” de su entorno natural, o producida por medio de un procedimiento técnico, podrá ser objeto de invención. Pero surge la pregunta de si ciertas sustancias aisladas o derivadas de organismos vivos existentes en estado natural son “invenciones” o “descubrimientos”, lo que ha provocado amplios debates. Y aunque el material biológico es patentable, ha habido problemas a la hora de patentar genes y secuencias de ADN. El argumento de los opositores a las patentes de ADN sobre la base de que se trata de simples descubrimientos no ha tenido éxito, ya que se ha impuesto la doctrina de que el ADN y demás material biológico en su forma aislada puede ser patentado, porque dicho aislamiento puede suponer novedad, actividad inventiva y aplicación industrial (utilidad).

Hay otro tema importante, el inmenso gasto que supone la inversión en I+D para las empresas y muy especialmente para las que se dedican a la biotecnología. El esfuerzo económico en investigación en este campo es muy elevado debido fundamentalmente a los rigurosos ensayos y pruebas clínicas o de seguridad; así como a los largos trámites administrativos de control, que deben pasar los resultados obtenidos, para que se les dé la correspondiente autorización para su comercialización. Es el caso de los alimentos transgénicos y los productos farmacéuticos. Por eso el derecho no puede desentenderse de esta realidad.

Y aunque hoy por hoy el instrumento jurídico más apropiado para la protección de las innovaciones biotecnológicas es la patente, los derechos de autor y el secreto industrial, también pueden ser instrumentos eficaces y complementarios (incluso alternativos) de protección al sistema de patentes. Por ejemplo, el secreto industrial puede proteger la innovación antes de la concesión de la patente, proteger la información no patentable o para la cual el derecho de patentes no es eficaz, incluso proteger la información periférica relacionada con la propia patente.

Pero no deja de ser problemática la relación entre las patentes y otras formas de protección de la propiedad intelectual. En la era de la investigación posterior al descubrimiento del genoma, la innovación en ámbitos como la bioinformática se caracteriza por la información biológica y sus métodos de procesamiento. La protección del derecho de autor y de las bases de datos, en su caso, puede ser otra forma de protección de la propiedad intelectual relacionada con este campo.

Finalmente, cuestiones como la conservación y la preservación del medio ambiente (incluida la protección de la diversidad biológica) y la dimensión moral y ética de la protección y la comercialización de las invenciones biotecnológicas, se han convertido en temas de acalorados debates.

Personalmente me inquieta el tema de los transgénicos. Un organismo transgénico es aquel al que se le han incorporado uno o más genes de otra especie para otorgarle una característica ventajosa que antes no tenía.

Los animales se llaman “transgénicos” cuando se ha introducido artificialmente en un animal el gen de otro organismo. Y son creados para aplicaciones potencialmente útiles, como la investigación médica o el aumento de la producción de alimentos (éste último argumento mucho más cuestionable desde mi punto de vista). Ahora bien, la manipulación genética de animales (particularmente de mamíferos) plantea gran cantidad de problemas a la bioética en general; así como éticos específicos, que pueden ser altamente controvertidos.

Es muy conocido el caso del oncoratón de Harvard. Uno de los primeros animales transgénicos que se han producido. Investigadores de la Facultad de Medicina de Harvard, a comienzos de los años 80, produjeron un ratón modificado genéticamente que era propenso a contraer el cáncer por habérsele introducido un oncogen que podía provocar el crecimiento de tumores. El oncoratón fue concebido como un medio válido para hacer avanzar las investigaciones sobre el cáncer. La utilidad del oncoratón, en este caso, tenía mayor peso que las preocupaciones morales por el sufrimiento causado al animal. Sin embargo, en el también polémico caso del ratón de Upjohn, se intentó aplicar el mismo enfoque de utilidad en relación con el problema ético que planteaba, pero el resultado fue diferente. El objetivo era ensayar productos para el tratamiento de la calvicie en los seres humanos y para técnicas de producción de lana. Nuevamente se sopesaron los beneficios (utilidad de la investigación para curar la caída del cabello) y el daño (el sufrimiento del ratón), y se concluyó que, en este caso, el daño era mayor que los beneficios, de tal forma que la explotación de la invención era contraria a las buenas costumbres y no era patentable.

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