¿Por qué los Derechos de Autor no pueden ser perpetuos?

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Mark Twain. Fotografía de A. F. Bradley (Nueva York, 1907).

“Sólo una cosa es imposible para Dios: encontrarle algún sentido a cualquier ley del copyright del planeta”. Mark Twain (1835-1910)

Ya a principios del siglo XX, Mark Twain viajó a Canadá para luchar contra una Ley Internacional de Copyright que pretendía limitar la duración de los derechos de autor.

A Mark Twain le preocupaba que se privase a sus herederos de los derechos que su obra generara e ideó un Plan para evitarlo.

Su plan consistía en reeditar sus obras periódicamente añadiendo partes de su autobiografía. Se preparaba una nueva versión añadiendo pies de página con párrafos enteros de su autobiografía, a ser posible relacionados con la obra o los pasajes en cuestión, de manera que se consideraba una obra nueva y volvía a generar derechos, abandonando ediciones anteriores que pasaban a ser de dominio público. De esta forma actualizaba las ediciones y el cómputo volvía a comenzar, con “productos” que tenían un valor añadido al original.

Como vemos, la preocupación por la duración de los derechos de autor no es nueva y de siempre los creadores han intentado proteger lo que consideran su trabajo. Incluso hay quienes han defendido que el derecho de autor, como derecho de propiedad que es, no debería tener límite temporal alguno. Pero aunque la tendencia histórica ha sido ir aumentando el plazo de duración del derecho de autor, la pretensión de una duración ilimitada no ha cuajado.

Como dice Rodrigo Bercovitz Rodríguez-Cano, el derecho de autor es un derecho de propiedad que recae sobre un bien inmaterial (la obra). Y esta es una de sus peculiaridades junto con la temporalidad del derecho mismo. Esta temporalidad, está actualmente fijada en un periodo de tiempo que termina a los 70 años después de la muerte o declaración de fallecimiento del autor.

Pero, ¿por qué los derechos de autor no pueden ser perpetuos y las obras (junto al beneficio económico que generan) heredadas de generación en generación como cualquier otro bien material? Como dijo Javier Marías en su artículo (post anterior), ¿qué le parecería al terrateniente si a los setenta años de su muerte sus tierras pasaran a ser “de dominio público” y ya no pudieran seguir heredándolas de generación en generación sus descendientes? ¿O al banquero que su fortuna, transcurrido el mismo periodo, dejara de pertenecer a su familia?

A mí personalmente -como a Javier Marías- también me parecería bien que llegado un momento todo pasara a dominio público. Todo-todo: las obras de arte, las literarias, la música, los bancos, las panaderías y las empresas. Pero sí es cierta la necesidad de que la duración de los derechos de autor reflejen el equilibrio entre los intereses sociales y los intereses de los autores. De esta manera, se trata de asegurar que quién crea y divulga una obra tenga el derecho de exclusiva sobre la explotación de la misma durante un periodo de tiempo determinado, trascurrido el cual, la obra pasará a dominio público y podrá ser libremente utilizada por todos. Las creaciones intelectuales son bienes culturales. La cultura es lo que tenemos en común Y es por eso, precisamente, por lo que no debe pertenecer a nadie.

Al contrario que una plantación o un banco, las creaciones intelectuales pasan a formar parte del acervo cultural y el acervo cultural, por definición, es social. Bajo este punto de vista si, es lógico, que pasado el tiempo en que una obra sirve para lucrar a los descendientes del autor, llegue un momento en que ésta pase a ser de todos (por supuesto, esta socialización no toca en absoluto a la herencia del capital reunido por el autor, ni tampoco del que se haya producido fruto del rendimiento de las obras durante los años en los que los derechos siguen perteneciendo a sus descendientes).

Todos los autores beben de las obras de sus coetáneos y de sus anteriores. Y hay algo de justicia distributiva en el hecho de que sus obras pasen antes o después a formar parte de ese caudal.

Por cierto, se me ocurre que las grandes fortunas también se hacen aprovechando cualidades sociales como el dinero, la moda o la ingenuidad. ¿No deberían entonces, al igual que la cultura, volver a formar parte de ese caudal social?. La respuesta sería: No. Para eso están los impuestos. Suponiendo que los paguen religiosamente, ¿no debería este mismo argumento dar una vez más la razón a Marías y puesto que el autor, al contrario que el empresario, va a entregar su obra al caudal social, no se le debería exonerar de los impuestos en vida?

Mark Twain aporta un factor intermedio: al fin y al cabo, para que sus descendientes mantengan la propiedad de las obras, los pone a “trabajar”. Aunque sea ligera y programadamente deben modificar las obras que heredan, así como el que hereda una tierra o un negocio debe seguir trabajando para mantener su rentabilidad.

Hay otras opiniones, más sesudas y menos poéticas, casi todas recogidas por Carlos Garriga en su artículo “¿Cuál es el plazo de protección óptimo para los derechos de autor?”, publicado el 13 de septiembre de 2012 (http://ibercrea.es/2012/09/13/cual-es-el-plazo-de-proteccion-optimo-de-los-derechos-de-autor/). Pero a mi me interesan especialmente las que surgen del entorno de los creadores y de sus sentimientos y necesidades, aunque sea para, luego, compararlas con los análisis de los sabios en economía. Quizá las mejores salidas sean las mestizas (como siempre), las que mezclen sentimiento y ciencia en sabias proporciones.

Creo que el artículo de Javier Marías abrió, hace algunos años, la puerta de interesantes reflexiones que mantienen su actualidad. Lo que me gustaría saber es si Javier Marías mantiene intacta su opinión o ha variado en este tiempo. Y no sé como preguntárselo.

 

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