Otros Caminos

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Imagen: MediaLab Madrid. Convocatoria para colaboradores. Interactivos?’12 Liubliana: Tecnologías obsoletas del futuro

(by Ruth Castellote y Antonio Atilano)
 

Lo que estamos viviendo no es una crisis. Ya no. O al menos no es una crisis en el sentido en el que nos la están vendiendo. No es un momento de ajuste, de corrección de malas decisiones y conductas que una vez corregidas nos vaya a permitir regresar a lo de antes pero mejor: sin la amenaza de crecer sobre falsos cimientos. Incorrecto. No vivimos una crisis. Esto es el futuro. Y lo que tenemos que hacer es aprender a vivir en él.

El instinto conservador de nuestros dirigentes pretende convencernos de la continuidad “esencial” del sistema, solo necesitado de la eliminación de algunos vicios (por lo general de carácter progresista) para recuperar el orden fundamental y el crecimiento lento pero seguro basado en la recompensa al esfuerzo personal y la superioridad moral de los que triunfan sobre los que no.

Pero no es cierto. La irrupción imparable de las nuevas tecnologías ha destrozado el orden industrial tanto o más que la irrupción de la imprenta o de la maquina de vapor hicieron saltar por los aires las estructuras sociales en sus respectivos momentos.

La inmediatez en el acceso a la información ha cambiado nuestras relaciones humanas, eso nadie lo duda. Pero parte de esas relaciones humanas son también las relaciones laborales, las comerciales y las del conocimiento y la creación.

El paro, lamentablemente, no va a disminuir mientras no nos demos cuenta de que un trabajador capacitado de hoy puede hacer el trabajo de -al menos- una docena de trabajadores de hace tan solo una docena de años. El sistema capitalista basado en la explotación de las masas ha muerto aunque no lo sepa. Aunque creemos que lo sabe y está poniendo todos los medios que puede imaginar para pervivir. Pero la alternativa se anuncia cada vez más clara: menos personas haciendo lo mismo y muchas otras haciendo cosas nuevas. De otra forma, con otra organización.

No hacen falta grandes empresas para desarrollar grandes proyectos. Ni es necesaria una estructura estable para que un equipo funcione el tiempo que es necesario, que nunca será ya demasiado largo. El talento ocupa el puesto de la fuerza laboral y hace falta un sistema diferente al capitalismo para explotarlo.

Y en medio de todo esto ¿pensamos que se van a mantener los estatus y privilegios pre-TICs? ¿Que es sostenible el sistema que defienden la Sociedades de Gestión que ha enriquecido a menos del 4% de los creadores mientras el resto no llegaba al salario mínimo interprofesional?

Si el trabajo de periodistas, profesores, pensadores, científicos… está en gran medida disponible en la red y se intercambia y circula sobre nuevas bases y categorías, con una accesibilidad impensable hace diez años ¿porqué la creación artística y/o cultural debe ser diferente?. La red es información. Y la nueva forma de acceder a la información permite imaginar nuevas formas de crear. Pretender censurar el acceso a la información y a la creación es lo mismo que pretender convertir Internet en un canal por cable de pago. Y creemos que, a estas alturas, va a ser imposible.

Luego, si las cosas son como parecen ser, por mucho que nos gusten o nos disgusten, quizá sea más sensato buscar nuevas formas de sobrevivir en la creación, al igual que están obligados a buscarse nuevas formas de sobrevivir la mayor parte de los trabajadores en otros sectores.

La red, los aparatos tecnológicos, ofrecen enormes posibilidades nuevas que debemos aprovechar. Es cierto también traen la “desprofesionalización” de determinadas especialidades. Por ejemplo, cualquier grupo musical recién nacido puede grabar sus temas en casa y comercializarlos -o intentarlo- en la red.  Como cualquiera puede tener a su alcance medios técnicos suficientes para producir un corto o un documental con la calidad mínima necesaria. Bien ¿qué nos da miedo? Es el momento del talento, ya lo hemos dicho. Debemos desempolvar las neuronas y poner en valor nuestra experiencia. Y ser capaces de grabar con un teléfono móvil, si es el caso.

Quizá sea el momento de aprender a vivir de la creación con un sentido mucho más inmediato y entender que los derechos, al fin y al cabo, son una renta de la que ya no se puede depender.

Muchos sectores de la creación, como la moda o la cocina -en los que indudablemente hay creación y reproducción-, ya lo hacen y han encontrado una forma muy dinámica de progresar tanto a nivel creativo como económico. A la sombra de las nuevas tecnologías han nacido nuevas formas de expresión artística y también nuevas formas de creación, co-creación y consumo de la creación. Es evidente que no todos los sectores son iguales. Pero también es cierto que no podemos esperar que las cosas sigan funcionando como antes de Internet.

Necesitamos emprender otros caminos. Y, de la misma forma que obtenemos la información de otra manera, necesitamos inventar nuevas formas de obtener la financiación o el sustento.

Pero, sobre todo, es imprescindible dejar de criminalizar al público consumidor. Si escribimos, pintamos, componemos, filmamos o hacemos lo que hagamos, es para llegar a ellos. Al público que descarga las canciones, películas y libros de forma gratuita, pero que luego llena los conciertos o suscribe un crowfunding que permite producir una película. Lo mejor que hemos tenido históricamente, lo que todos hemos anhelado, es la complicidad del público. Busquemos la complicidad en la edad del silicio. Otros caminos. Pero dejemos de pensar que sea posible volver a una edad anterior.

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