Un punto de vista

Hola. Mi nombre es Antonio. Soy creador audiovisual y ocasionalmente literario. Y socio de SGAE con el número 43029. Los derechos derivados de mi obra son una alegría, aunque hasta la reciente reforma de la Sociedad no me permitían siquiera tener voto en las Juntas de Socios.

La gestión de los derechos de cada obra es una decisión que, al menos para mí, llega tarde. Sólo cuando la obra define su personalidad propia, ajena ya a los planes originales que acompañaban los primeros borradores. Entonces, cuando empiezo a conocerla, sé si pasará por el registro de la SGAE o si, por el contrario, se lazará a aventuras más estimulantes en el mundo de los derechos abiertos.

Creo que los derechos reservados, cerrados, me gustan para las obras igualmente cerradas, completas. Que difícilmente tienen posibilidad de otra vida posterior (al menos en su lenguaje original). Una película, una novela que es lo que es y no te la imaginas con otras palabras que aquellas que tanto te ha costado escribir. Sin embargo, otras veces, la obra –del mismo tipo (films, novelas) o distinto (documentales, narraciones en construcción permanente)-  surge con vocación de pasar por muchas manos. Y no me siento con fuerzas ni autoridad para impedirlo. Es más, disfruto notablemente al ver que alguien  ha tomado mis imágenes  y cambiado su orden, el  sonido o añadiendo nuevas imágenes han lanzado una nueva obra que acapara la atención en YouTube. No se sí los abogados llamáis a estas obras derivadas, yo las llamaría sucesivas.

Creo que, nos demos cuenta o no, estamos sumergidos en un universo de intercambio intenso. Antes, cuando yo empecé, teníamos discusiones parecidas a las que mantenéis ahora en torno a la propiedad intelectual, en apasionadas tertulias  en el Café Central. Porque siempre había alguien con escasa continencia verbal que contaba sus ideas y muy pronto otros, igualmente incontinentes en otro sentido, las habían plasmado en un guión o, los más afortunados, las estaban rodando.  Entonces se declaraban las hostilidades entre los partidarios del pobre artista que había perdido su idea y los del avezado copiador que estaba siendo capaz de levantar una película. Se qué esta comparación ahora puede parecer forzada, o que este tipo de cosas es algo que ahora puede seguir sucediendo. Pero no perdamos la perspectiva. Hace treinta años solo se trasmitían obras terminadas o charlas de café. A lo más, una conversación telefónica imprudente. Y se utilizaba como hoy se utilizan los retazos de las creaciones que encontramos en la red (el nuevo teléfono): para crear nuestras propias obras. Una idea relatada entonces tenía el valor de una melodía repetida ahora. También fotocopiábamos libros (o los  copiábamos a mano o a máquina) y grabábamos los discos de nuestros amigos en cintas cassette. ¿Qué ahora se hace más? Seguramente. Pero las posibilidades crecientes no son sólo para robar o reproducir (según quien lo lea) son también posibilidades de difusión y de negocio.

Muchas veces tengo la sensación de que las leyes de propiedad intelectual se diseñan para proteger a la industria de la creación, antes que a los propios creadores. Y, por supuesto, sin tener en cuenta el arte. No se lo que opinan otros  creadores, pero yo,  y a la gran mayoría de mis compañeros, conocemos exactamente la fuentes en las que beben nuestras  creaciones. Cada uno de nosotros toma lo que hay en el aire o en el mercado o en las estanterías propias o ajenas, y lo transforma en algo, más que nuevo, sucesivo. Así ha sido siempre. Así hacía música Bach y hace cine Tarantino y también  Juan Antonio Bayona. El arte, muy especialmente el contemporáneo, es comunicación. Y el fin fundamental de la comunicación es llegar al interlocutor, ya sea público espectador, lector o internauta. Las TICs ofrecen la oportunidad de una difusión que hace sólo quince años apenas podíamos soñar. Y una capacidad de acceso a información que hace esos mismos quince años, nos habría hecho vomitar (de vértigo).

Me acabo de dar cuenta. Que llevo un buen rato escribiendo y no se sí he respondió a la cuestión que Ruth me planteaba. Sirva igualmente como respuesta. Me apasionan las posibilidades que se abren, para la creación y para el disfrute de la creación. Estoy seguro de que dentro de cincuenta años (es mentira, creo que dentro de muchos menos años) estas discusiones  serán vistas con la misma indulgencia con la que ahora vemos las acaloradas tertulias de café.

Y me apasiona no saber hasta el final –hasta que yo lo decida- si una obra seguirá siendo mía y sólo mía o formará parte de la gran rueda de la creación compartida y en permanente crecimiento y reproducción. Y, de verdad, creo que esta segunda posibilidad me interesa mucho más.

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